Sentido adiós a Aurora Lapiedra

 

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Aurora Lapiedra (Misionera Dominica del Rosario) nos ha dejado. Amanecíamos con esta triste noticia, el pasado domingo día 10 de febrero. 

 

Aurora nació en Tauste (Zaragoza) y desarrolló su vida en varios lugares de misión: Sorata, La Paz (Bolivia) y Cuzco y Arapa en Perú, desde 1973 hasta 1985. En 1986 regresa a Madrid con distintas responsabilidades en la Congregación, hasta junio de 2014, que se trasladó a la comunidad que las Misioneras tienen en Barañain (Navarra), pues su salud estaba ya muy deteriorada.

 

Desde Acción Verapaz lo hemos sentido mucho, pues ella ha formado parte muy activa de la vida de la Asociación, siendo miembro de la Junta Directiva desde el año 1999 al 2007, y de la Comisión de Voluntariado desde el 2001 al 2013.

 

Os compartimos un texto que le ha dedicado nuestra colaboradora Adriana Sarriés, gran amiga de Aurora:

 

‘Aurora Lapiedra falleció el domingo día 10 de febrero después de una larga y misteriosa enfermedad, esa enfermedad que vacía la memoria, el lenguaje, el reconocimiento del entorno y de las personas a quienes queremos y nos quieren. Esa enfermedad que deja cuerpos solitarios, carentes de cuanto los humaniza. Y los deja tan en silencio,  que de no estar a su lado, muy cerca, olvidamos que sus corazones siguen latiendo y sobreviven restos de las personas que fueron…

 

El cuerpo de Aurora, al que visité hace pocos meses en Pamplona, ni siquiera fijaba la vista ni articulaba palabra. Y mirándola me venían recuerdos (como me vienen ahora mismo) de cuando la conocí de estudiante de filosofía en la universidad de esa misma ciudad, creo que era en 1965. Descubrí en poco tiempo que era muy inteligente. Perdimos contacto hasta años más tarde que coincidimos en Perú, allá  compartimos muchas experiencias y aunque directamente nunca trabajamos juntas nos hicimos amigas. Más tarde volvimos a encontrarnos en Madrid y procuramos no perder el contacto, nos veíamos de vez en cuando  y brotaba la complicidad  y la confianza.

 

Me admiraba su inteligencia y la capacidad  analítica y crítica  que tenia.  En ocasiones yo le decía cariñosamente “no seas tan bruja”…

 

Aurorín, como la llamábamos sus amigos, trabajó en el sur andino de Perú con campesinos. En esas tierras descubrió, experimentó y trabajó  en la línea de la teología y de la pastoral  de la liberación. Una gran experiencia que la marcó, o mejor dicho, nos marcó.  En nuestras  conversaciones aquí en Madrid repitió más de una vez que habían sido años intensos, comprometidos y esperanzadores. Felices.  Casi, casi íbamos a cambiar el mundo y también la Iglesia… ¡qué jóvenes éramos y con cuanta ilusión y entrega! Sonreíamos bastante cuando recordábamos.

 

Con aciertos y con errores, como nos pasa a todos sin excepción, el Evangelio fue el motor de Aurorín. Su vida tuvo sentido, con objetivos  buenos y esfuerzos tenaces,  también con problemas y frustraciones. Pero llegó la enfermedad y aceleradamente el vacío y el silencio.

 

Bueno Aurorín: descansa. Siempre contigo, en el recuerdo y en el corazón.

 

Con amor. Adriana’

 

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