EL LIBRO DE LOS DÍAS
No es el fin del mundo: es el momento de hacernos cargo
1. Si un día ocurriera…
Si un día ocurriera que el gran foro de las naciones, la ONU, quedara en silencio, que su edificio quedara vacío y que la ayuda internacional fuera cortada por una decisión administrativa; que las alianzas entre países se disolvieran en comunicados ambiguos y el mundo perdiera sus espacios de mediación; que el orden internacional (¿) quedara sin reglas compartidas… entonces cada país tendría que sobrevivir sin amparo común y el conflicto se convertiría en la lengua universal.
Si un día ocurriera que las instituciones públicas se transformaran en estructuras fantasma, que hospitales y universidades cerraran sus puertas para convertirse en negocios privados, que la sanidad y la educación pasaran a depender del saldo bancario… entonces la desigualdad dejaría de ser una anomalía para convertirse en ley natural
Si un día ocurriera el vaciamiento definitivo del mundo rural, que la tierra fértil quedara abandonada y las ciudades crecieran como hongos; que millones de personas fueran absorbidas por empleos precarios y viviendas indignas… entonces la vida se concentraría en espacios cada vez más pequeños, mientras el territorio se degradaría y la comunidad se disolvería.
Si un día ocurriera que las fronteras se endurecieran hasta convertirse en muros; que la seguridad se midiera por la cantidad de armas acumuladas, por una carrera de armamentos incluso entre países empobrecidos... entonces el miedo gobernaría la política y la destrucción sería presentada como autoprotección.
Si un día ocurriera que el consenso científico sobre el clima fuera desacreditado, que sequías, incendios e inundaciones fueran negados desde despachos financiados por intereses fósiles; que las instituciones religiosas— hasta el mismo Vaticano— guardaran silencio ante la devastación de la Tierra… entonces el colapso ecológico avanzaría acompañado de una bancarrota moral.
Si un día ocurriera que la vivienda se transformara en un casino especulativo, que familias enteras fueran expulsadas de sus barrios; que los y las migrantes fueran señalados como culpables de todos los males; que se disparara a bocajarro a las propias personas nativas, defensores de los indefensos… entonces la injusticia se vestiría de discurso racional y la crueldad se normalizaría como política pública.
Si un día ocurriera que la gran política se convirtiera en puro marketing, que los partidos funcionaran como marcas sin proyecto, que las comisiones de investigación parlamentarias negaran enfáticamente la verdad cediendo al insulto y la mentira; que la democracia quedara reducida a un espectáculo vacío… entonces el Estado dejaría de ser la casa común para convertirse en gestor de intereses privados.
Si un día ocurriera que la desinformación se industrializara, que medios y periodistas críticos fueran silenciados; que una pandilla informal de multimillonarios sin escrúpulo ni valor moral dictara normas sin legitimidad democrática… entonces el mundo no entraría en el caos, sino en algo peor: un orden injusto, colonial, y profundamente deshumanizado.
EL UMBRAL: Cuando los diques ceden
Todo lo anterior no ocurre de golpe ni por accidente. No es una catástrofe natural, sino una suma de decisiones repetidas, de renuncias pequeñas, de silencios aceptados como normales. Los diques no se rompen: se abandonan. Y cuando finalmente ceden, dejan al descubierto una verdad incómoda: el mundo que se derrumba no sostenía la vida, la administraba con lógica perversa.
Pero las crisis, los colapsos no solo destruyen, también revelan. Cuando las estructuras caen, se hace visible lo que siempre estuvo debajo: la interdependencia. En la intemperie, nadie se salva solo. La ausencia de instituciones justas no elimina la necesidad de comunidad, la muestra con mayor urgencia. La retirada del Estado no borra el bien común, lo deja huérfano, esperando ser reclamado.
Es entonces cuando la pregunta cambia. Ya no es qué hemos perdido, sino qué se mantiene y no podemos permitir que se pierda. No se trata de restaurar el viejo orden —que ya es injusto—, sino de imaginar y construir otro. La historia muestra que, tras los grandes desmoronamientos, no nacen primero los sistemas, sino los vínculos; no las leyes, sino las prácticas; no los palacios, sino las plazas.
Por eso, frente al día en que se desmontaron los diques, emerge otro día posible. No como un salto mágico, sino como una respuesta ética, política y espiritual al vacío. Allí donde el miedo desquició el mundo, puede organizarlo el cuidado. Allí donde mandó la acumulación, puede mandar la suficiencia compartida. Allí donde hubo muros, pueden crecer puentes.
La segunda parte no niega, por desgracia, la primera. La asume, la atraviesa y la transforma. Es el mismo mundo, pero mirado desde el otro lado, desde la decisión de no rendirse.
2. Lo que ya está en camino
Entonces, el gran foro de las naciones podría renacer no como un salón cerrado, sino como una gran plaza de voces diversas. La ayuda internacional fluiría como un río que reconoce las deudas históricas y las repara. La cooperación sustituiría a la imposición.
Entonces, las plazas volverían a ser plazas, los hospitales espacios de reparación universales y las universidades faros de pensamiento crítico. La igualdad no sería una consigna, sino una experiencia cotidiana. La dignidad dejaría de ser un privilegio.
Entonces, el campo y la ciudad sellarían un nuevo pacto: campos vivos, custodios de biodiversidad, y ciudades convertidas en comunidades habitables. Las fronteras existirían en los mapas, pero en la vida real se transformarían en puentes.
Entonces, la ciencia volvería a ser brújula. Reforestar sería un honor. Cuidar el planeta, un acto espiritual compartido. Desde templos y espacios laicos se alzaría una plegaria común por la vida.
Entonces, la vivienda sería reconocida como derecho y no como mercancía. Los barrios se tejerían con redes de apoyo. Las personas que llegan de fuera no serían sospechosas, sino portadoras de futuro.
Entonces, la política abandonaría el escenario y se sentaría en círculo continuando el ágora. Gobernar sería escuchar. El Estado recuperaría su sentido como instrumento del bien común.
Entonces, la información sería agua limpia. La fuerza, un recurso excepcional para proteger a las personas vulnerables. La cooperación, el único modo legítimo de avanzar. Y en las decisiones importantes se escucharía también a poetas, cuidadoras, ingenieras y ancianas sabias.
Epílogo: La elección del amanecer
Dos días posibles. No son profecías ni ficciones. Son direcciones que ya están germinando en el presente. El primer día no es el fin del mundo, sino la derrota ética de la humanidad. El segundo no es un milagro, sino el resultado lógico de un empeño consciente y colectivo.
No hay fatalidad. Solo responsabilidad. Cada gesto, cada política, cada silencio escribe una línea en El Libro de los Días. La pregunta no es qué pasará mañana, sino qué día estamos alimentando hoy. Como escribió (o se le atribuye a) Eduardo Galeano: Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.
Porque el futuro no cae del cielo: se trabaja; el futuro no llega: se construye. Y aún estamos a tiempo de elegir el amanecer.
Evaristo Villar


