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01 Junio 2026

'Magnífica Humanidad'

 

ACERCA DE LA MAGNIFICA HUMANIDAD

León XIV en su carta encíclica “Magnífica Humanidad” (15 mayo 2026) alerta sobre el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Señala como novedades de nuestro tiempo la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica, ante las que hay que adoptar instrumentos normativos, si bien hoy el poder tecnológico no está en los estados sino en actores privados a menudo transnacionales, que son más difíciles de atraer al bien común.

Expone que la tecnología no es una solución a los problemas de la Humanidad, tampoco un mal en sí, pero concretamente no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. El ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que “dejan atrás” a pueblos enteros.

Propone volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social. Y desarmar la IA, sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva, ante las nuevas narrativas de fondo: transhumanismo y posthumanismo (que coinciden en la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana).

Alerta sobre las nuevas formas de esclavitud y colonialismo asociadas a la revolución digital

Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos —a menudo pésimos— y entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes, en su mayoría mujeres, que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas. A este arduo trabajo invisible se suma la tarea, aún más brutal, de la extracción de losrecursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores en los que se basa la IA. En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras.

Territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural, se ven, en el presente, atravesados por una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa.

Dedica un capítulo entero a la guerra

Se refiere a los nuevos instrumentos que hacen más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte, y presentan el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable. Así, la paz no es un tema entre otros, sino una condición del bien común universal.

A la guerra visible se suman formas híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas; nacimiento de una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un “daño colateral”: cultura del poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo, el cual repite  no existen alternativas.

Alerta del cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional. La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición.

La guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto.

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Alude al fin del monopolio estatal de la guerra, con la aparición de nuevos actores armados —grupos yihadistas, milicias privadas, redes criminales. El regreso de la disuasión/seguridad nuclear. Frente a la seguridad humana, el crecimiento de la industria bélica, que se ha convertido en un sector clave de la economía de algunos países.

En cuanto a la IA militar: No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse. De esto se derivan algunas exigencias ineludibles. Deben garantizarse la trazabilidad y la posibilidad de reconstruir las decisiones, de modo que la responsabilidad y las posibles culpas no se disuelvan “en la máquina”. La decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos turbios o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable. Es necesario establecer reglas compartidas, incluso a nivel internacional, que frenen la carrera armamentística tecnológica y aseguren una protección especial a los civiles y a las infraestructuras esenciales para su supervivencia.

En este contexto, la construcción de la paz ha pasado a un segundo plano: la cooperación para el desarrollo, el desarme, la prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan relegados, en nombre de lógicas de poder. Así se debilitan también los logros del derecho humanitario: el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños son tratados como ingenuas reminiscencias del pasado.

La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero es una denuncia necesaria.

Desarmar las palabras

La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, en este sentido el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no”a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra. Debemos reflexionar sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva. Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, que damos un consejo sabio, que apoyamos a quien necesita consuelo, que denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene.

Cultivar un sano realismo

El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles (con reformas profundas), garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles.

Mario Grande

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