Virtu, 26 de octubre de 2019
Ya va a hacer casi unos sesenta días de nuestra vuelta de El Seibo, siempre nos dijeron que dos semanas era muy poco y tenían razón, lo que nadie pudo imaginarse fue la suerte que tuvimos por elegir esta provincia y al padre Miguel Ángel para vivir nuestra primera experiencia como cooperantes de Acción Verapaz.
Todavía no entendemos cómo pudieron darse tantas circunstancias maravillosas en tan pocos días para que Laura, Belén, María y yo vivenciáramos algo tan especial que poder recordar y compartir para siempre.
El regalo más importante que yo me llevo es sin duda haber conocido a tanta gente a primera vista tan indefensa, porque de lo que en el primer mundo consideramos “situaciones de vulnerabilidad” surgen los corazones y las personas más fuertes de este universo. Domingo (procesado por la “in-justicia”), y la profundidad de sus ojos; Coronel (exprisionero), callado pero tan perceptible la pena que había en su alma, Quintino (encarcelado), activista de libertades; los papás de Carlos, niño asesinado por represores de un país… podría no terminar nunca de poner nombres heroicos a todas las personas que allí dejamos y que hoy seguimos por redes sus pasos en la lucha por la justicia.

Resulta tormentosa la sensación de impotencia que una vive allí, no poder denunciar un agravio, ver armas por todos lados y lo que es peor, no saber en quién poder confiar… entre toda esa inconcebible manera de sobrevivir existe un lugar intachable en República Dominicana, un oasis de fortaleza espiritual, un lugar protegido por los ojos de Dios, un Dios en el que yo también creo y con el que hacía tiempo que no me comunicaba: ese lugar es Radio Seibo, su equipo y, a la cabeza el padre Miguel Ángel, consiguen que las personas sientan que no están solas.
Y es que, todas las personas de este mundo necesitamos cariño, comprensión, que se nos valore por lo que somos y no por lo que tenemos y que la dignidad se soporte con la verdad. No cesad la lucha, el mundo entero debe escuchar los gritos de las personas que no han tenido la suerte de nacer en el lugar “perfecto”, en la clase social “idónea” ni con el sexo o la sexualidad más respetada por una sociedad, en la que cada día que pasa cuesta más reconocerse como igual.


