Amigos de Verapaz:
El pasado mes de julio tuve la suerte de disfrutar de una experiencia maravillosa en la población de Martí en Cuba. Allí, las Hermanas Dominicas que realizan su labor como misioneras en esa zona de la provincia de Matanzas, me acogieron y me trataron como a una más de la comunidad, lo mismo que el resto de personas que conocí durante mi estancia.
El objetivo de mi viaje era colaborar como voluntaria en un proyecto que las Hermanas llevan organizando desde hace unos años, y que consiste en la realización de un campamento de verano para niños de 4 a 14 años. El campamento se desarrolla en las instalaciones que la Congregación tiene junto a la iglesia de Martí. Este proyecto surgió con una finalidad evangelizadora que se mantiene, pero que abarca muchos más ámbitos. Los niños no sólo reciben clases de catequesis, sino también de música, baile, manualidades, deporte, informática,... y se les ofrece un tentempié a media mañana, la comida y la merienda, todo ello de forma gratuita, lo cual es muy apreciado por las familias. Ha sido tal el éxito de la iniciativa que han tenido que limitar el número de asistentes y abrir listas de espera, porque la capacidad de las instalaciones no permitía atender todas las solicitudes.
En la organización y realización del proyecto colaboran, aparte de las Hermanas, una coordinadora de proyecto, varios monitores de tiempo libre, dos cocineras, personal de limpieza y mantenimiento, un chófer (para el transporte de los niños residentes en bateys alejados del centro), todos ellos vecinos de Martí, los cuales también se ven beneficiados con la realización del campamento. Además de todos ellos, este año participamos como monitoras, en distintas fechas, cinco voluntarias españolas, que fuimos recibidas con mucho cariño y agradecimiento.
Tuve el honor de ser la primera voluntaria que llegó a Martí este verano y, además, mi llegada tuvo lugar unos días antes de que comenzase el campamento, porque debido a distintos contratiempos la fecha de inicio tuvo que retrasarse una semana, así que tuve la oportunidad de conocer la vida en la misión, previa al desarrollo del proyecto. Participé en las tareas de limpieza y acondicionamiento de las aulas y salas de reunión y hasta en la "matanza" de un cerdo que las Hermanas consiguieron para la comida de los niños durante el campamento.
Aparte de la actividad relacionada con el campamento de verano, acompañé a las hermanas a visitar enfermos residentes en bateys, que son una especie de pedanías apartadas del núcleo urbano y con dificultades en cuanto a medios de transporte. Les llevan una pequeña ayuda en forma de pastillas de jabón, leche en polvo u otros productos básicos, pero mucho más que eso, todos agradecen su visita y sus palabras de aliento y esperanza. También acompañé a la Hermana Amparo, la priora, al velatorio de una vecina que había fallecido el día de mi llegada a Martí. Como en Martí no había un cura que residiese en la localidad, la Hermana suplía esa carencia leyendo una oración y acompañando a los familiares en esos difíciles momentos.
La vida en Martí es dura debido a los problemas de desabastecimiento, que provocan frecuentes cortes de suministro eléctrico y de agua y escasez de numerosas cosas básicas por lo que muchos acuden a la misión en busca de comida, medicinas, apoyo,... y las Hermanas siempre encuentran algo que ofrecer a todos.
Me considero muy afortunada de haber podido conocer, a través de todas las personas que me han abierto sus casas y sus corazones, la realidad de un país muy diferente de lo que venden los folletos publicitarios de las agencias de viajes.
Por último, debo decir que me ha costado mucho más adaptarme de nuevo a mi vida anterior en Madrid de lo que me costó adaptarme a mi llegada a Cuba porque las vivencias y emociones que experimenté tanto con los niños como con los adultos que he conocido me mantienen aún allí con el pensamiento en muchas ocasiones.








