Ofrecer a los niños de la comunidad de Myenikone una educación de calidad mediante la construcción de una escuela que mejore su vida y sus oportunidades educativas.
Debido a las diversas situaciones políticas y económicas que Myanmar ha enfrentado desde 2018, los habitantes de Myenikone no cuentan con los recursos necesarios para construir una escuela. La mayoría de las familias vive de la agricultura y solo dispone del dinero justo para subsistir. Además, los conflictos armados y la pandemia han dificultado aún más el acceso a la educación de los niños y jóvenes de la comunidad.
En 2018, la comunidad de Myenikone dio un paso decisivo para mejorar la educación de sus niños con la construcción de una nueva escuela. Hasta entonces, los pequeños asistían a clases en una antigua casita que funcionaba como iglesia, sin condiciones adecuadas. Ese mismo año, las familias del pueblo, con recursos muy limitados, priorizaron mejorar el jardín de infancia: en lugar de construir un baño tradicional, utilizaron los fondos disponibles para instalar un suelo de madera, ya que los niños dormían sobre cemento cubierto apenas por plástico. Este primer avance marcó el inicio de un esfuerzo sostenido por ofrecer un entorno más digno y seguro para los estudiantes.
En 2019, la situación económica de muchas familias seguía siendo precaria, especialmente en zonas urbanas pobres como Dagon, en Yangon. La diferencia entre ricos y pobres era cada vez más evidente, y muchas familias no podían costear uniformes ni materiales escolares. Ese año se apoyó a los niños con uniformes, cuadernos y lápices, confeccionando incluso parte de la ropa de manera artesanal. Se visitaron más de 250 familias para entregar ayuda adaptada a cada niño. Este acompañamiento permitió que muchos estudiantes pudieran continuar asistiendo a la escuela con dignidad.
El año 2021 marcó un punto crítico para Myanmar. El golpe militar del 2 de febrero desencadenó una ola de violencia, represión y desplazamientos masivos. En estados como Kayah, donde se encuentra Myenikone, miles de familias tuvieron que abandonar sus hogares y refugiarse en la selva o en zonas remotas. Las escuelas cerraron, incluidos los parvularios, y muchos niños quedaron sin acceso a educación durante largos periodos. Las hermanas y educadores locales permanecieron junto a la población desplazada, acompañando a las familias, cuidando a los más vulnerables y ofreciendo clases informales al aire libre cuando era posible. La prioridad pasó a ser la supervivencia: alimentos, medicinas y refugio.
En 2022, la crisis humanitaria continuó agravándose. Muchas aldeas habían sido incendiadas y miles de personas vivían en campos improvisados. Ese año se brindó apoyo directo a familias refugiadas, especialmente en zonas como Hmobi, donde se distribuyeron alimentos básicos como arroz y aceite. La escuela de Myenikone seguía cerrada por la pandemia y el conflicto, por lo que los recursos destinados originalmente a la educación se utilizaron para cubrir necesidades urgentes de los niños y sus familias: comida, medicinas y materiales esenciales. La ayuda llegó en un momento crítico, cuando muchas familias ya no tenían qué comer.
En 2023, la situación seguía siendo inestable. Muchas familias expulsadas de barrios marginales de Yangon se habían asentado en Tontein, formando nuevas comunidades en condiciones muy precarias. Ese año se apoyó a sesenta familias con alimentos, productos de higiene y artículos básicos. Aunque la mayoría de estas familias eran budistas, la ayuda permitió fortalecer la convivencia y el respeto entre comunidades. Para los niños, este apoyo significó estabilidad en medio de la incertidumbre y la posibilidad de continuar vinculados a la educación.
En 2024, el país continuaba bajo control militar, con enfrentamientos esporádicos y un aumento significativo del costo de vida. Las familias más pobres eran las más afectadas, especialmente aquellas que dependían de la escuela como espacio de apoyo y protección para sus hijos. Ese año se priorizó la entrega de medicinas y asistencia sanitaria a los refugiados de Dagon Seikan, la mayor zona de chabolas de Yangon. Este acompañamiento permitió atender enfermedades comunes que, sin tratamiento, podían convertirse en problemas graves para los niños y sus familias.
Lo que hemos logrado
2018 Se construyó la escuela de Myenikone y se mejoraron las condiciones del jardín de infancia instalando un suelo de madera, garantizando un espacio más seguro y digno para los niños.
2019 Se entregaron uniformes, cuadernos y materiales escolares a cientos de niños, permitiendo que las familias más pobres pudieran enviar a sus hijos al colegio sin barreras económicas.
2021 Se acompañó a familias desplazadas por la violencia, ofreciendo apoyo emocional, espiritual y educativo, y organizando clases informales para que los niños no perdieran completamente el contacto con la escuela.
2022 Se distribuyeron alimentos y medicinas a familias refugiadas, garantizando la supervivencia de niños y adultos en un contexto de guerra y desplazamiento.
2023 Se apoyó a sesenta familias desplazadas en Tontein con alimentos y productos básicos, beneficiando directamente a los niños que vivían en condiciones de extrema vulnerabilidad.
2024 Se proporcionaron medicinas y asistencia sanitaria a refugiados en Dagon Seikan, protegiendo la salud de los niños y sus familias en un entorno marcado por la pobreza y la inestabilidad.
Cada gesto de apoyo se convierte en futuro cuando llega a las manos de un niño y a la vida de su familia.











