Promover la dignidad humana mediante la mejora de la estructura de la casa de acogida de las Hermanas de San José de las Apariciones, tras el grave terremoto que afectó la zona.
El 28 de marzo de 2025,un terremoto de magnitud 7,7 sacudió la región de Sagaing, en Myanmar, causando una devastación generalizada. Cientos de viviendas quedaron destruidas y las zonas de Mandalay, Amarapura y Sagaing sufrieron daños severos, incluyendo el colapso de puentes, carreteras, aeropuertos, monasterios, escuelas, casas y monumentos históricos. La población enfrenta diariamente escenas de gran sufrimiento: personas fallecidas, heridas y desaparecidas entre los escombros de las construcciones derrumbadas. La situación se agrava por la guerra civil que vive el país, lo que dificulta enormemente la llegada de ayuda humanitaria y la atención médica urgente que requieren los afectados.
Antes del terremoto del 2025, Myanmar ya vivía un clima de profunda inestabilidad marcado por la guerra civil y la fragmentación del control territorial. Las comunidades de Sagaing, Mandalay y Amarapura intentaban mantener una vida cotidiana en medio de la tensión constante. La infraestructura del país, debilitada por años de conflicto, mostraba signos de deterioro. Aun así, la población seguía aferrándose a la esperanza de una recuperación lenta pero posible.
Cuando el sismo sacudió la región, la fragilidad existente se transformó en una crisis humanitaria sin precedentes. Viviendas, puentes, carreteras y edificios históricos colapsaron en cuestión de segundos, dejando a miles atrapados entre los escombros. Las escenas de dolor y desesperación se multiplicaron mientras las réplicas mantenían a la población en un estado permanente de miedo. La destrucción afectó no solo a las estructuras físicas, sino también a nivel emocional de las comunidades.
Lo que hemos logrado
Gracias al apoyo recibido, se logró atender las necesidades más urgentes tras el terremoto, brindando alivio y una renovada sensación de seguridad a las hermanas, jóvenes internas, ancianas, personas desplazadas y a quienes acuden a la clínica comunitaria. Las reparaciones iniciales fueron esenciales para restablecer condiciones mínimas de bienestar. Una de las prioridades fue garantizar el acceso al agua potable: el antiguo tanque, gravemente dañado y con fugas, fue reemplazado por uno nuevo, asegurando así un suministro seguro para todas las personas atendidas.
Otro de los avances más importantes fue la reconstrucción del muro perimetral del convento, cuya caída dejó expuesta a la comunidad a graves riesgos de seguridad. Gracias a la intervención realizada, se levantó un nuevo muro sólido que devolvió tranquilidad, protección y estabilidad a todas las personas que viven y trabajan en el complejo.
Además, la solidaridad local permitió llevar a cabo renovaciones significativas en la iglesia y en varios espacios comunitarios. Se repararon techos, sistemas eléctricos, el campanario y áreas de uso cotidiano, así como la residencia de las hermanas mayores, el almacén y la cocina, mejorando la funcionalidad y la calidad de vida diaria.
Gracias a la solidaridad, hoy seguimos reconstruyendo no solo espacios, sino también la esperanza.











